¡¡¡SIN PERDER NI UN SEGUNDO!!!

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miércoles, 17 de mayo de 2017

CUENTO DE PÁJARO

EL PÁJARO QUE NO SABÍA VOLAR


Mamá Pío-Pío estaba muy orgullosa viendo a su nuevo pichoncito recién salido del cascarón. Era un pajarito rubio, elegante, fuerte y tenía un piquito de oro. No, no es que el pico lo tuviese del dorado metal (la madre Naturaleza es bastante tacaña con los seres vivos) sino que, además de guaperas y fortachón, había salido con mucha labia. Tanta que, desde que nació, no paró de piar y piar, o sea, de hablar y hablar...

—Mami, vaya birria de nido donde he venido al mundo...
—Mamuchi, aquí hace demasiado frío...
—Mamaita, tengo hambre...
Mamá Pío-Pío estaba tan arrobada por la guapura y la pesadez de su hijito que tardó varios segundos en darse cuenta que el primer deber de toda madre es darle de comer a su criatura recién nacida. Abrió sus alas y empezó a dar vueltas alrededor del árbol donde se encontraba el nido. Con sus grandes ojazos buscaba el alimento que llevarle a la boca a su pichoncito. Por fin vislumbró un grupo de gusanos desorientados y se fue directa hacia ellos. Instantes después estaba de vuelta. Por fin su criaturita se callaría pues no es fácil usar el pico para comer y hablar simultáneamente.

—¡Qué ricos están estos bichejos! —exclamó el recién nacido, relamiéndose de gusto. Y, sin parar de tragar, preguntó— Por cierto, mamurri, ¿cómo me vas a llamar?
—Te llamaría Pelmazo, hijuelo, porque desde que has venido al mundo no paras de dar la lata y de charlotear pero, pensándolo bien, te llamaré Ataúlfo, como se llamaba tu difunto padre.
—¡Jolín -exclamó nuevamente el pajarucho- qué manera más suave de decirme que soy huérfano por parte de papuchi!

“Además de guaperas, parlanchín y pesado, el niño me ha salido finolis”. Mamá Pío-Pío estaba dándole vueltas a este pensamiento cuando se acordó en que lo primero de todo, tras darle de comer, era enseñarle a mover las alas para que, tras una pequeña práctica de varios días, él solito pudiera levantar el vuelo y empezar a vivir su propia vida.

—Verás, Ataúlfito mío... Los de nuestra especie venimos al mundo con un pequeño defecto de fabricación: no sabemos volar. La cosa, sin embargo, es muy sencilla de aprender porque somos unos seres muy inteligentes.
—¿Más que los humanos, mami?

—Mucho más, donde va a parar. Fíjate que ellos son incapaces de levantarse un palmo del suelo... Todo lo que tienen de poco inteligentes lo tienen de muy malos. Cuídate de ellos porque a la menor oportunidad te meterán en una jaula o te freirán a perdigonazos. Pero a lo que iba: tienes que empezar ahora mismo a entrenar porque el cuerpo te pedirá volar dentro de tres o cuatro días. Fíjate en mí...

La mamá de Ataulfito empezó a mover rítmicamente sus alas y cola. Primeramente lo hizo muy despacio, casi a cámara lenta, para que su hijillo viese con nitidez la mecánica del vuelo. Luego aumentó la velocidad de sus extremidades. Por último, despegó hacia lo alto.

-¿Has visto qué fácil?

Ataulfito se vio preso del pánico. Aquellas acrobacias circenses de su madre le parecían dificilísimas de imitar. Su mamá pájara intuyó lo que pensaba porque, descendiendo de nuevo al nido, le dijo cariñosamente...

—No te preocupes, Atau. Todos los recién nacidos pensáis que os resultará imposible volar como los adultos pero al cabo de unos días perdéis el miedo y los movimientos del vuelo os salen espontáneamente, casi sin querer y sin pensarlos.
—No sé, no sé...

El pajarito se calló por primera vez desde que naciera. Estaba preocupado. Algo le decía que él sería incapaz de volar. Era como un presentimiento pero también miedo a lo desconocido, miedo a hacerse daño.

Durante varios días su madre siguió enseñándole la técnica de volar pero Ataúlfo era incapaz de aprender. Se hacía un lío. Y, lo que es peor, ¡tenía un pánico atroz a despegar las patas del nido para quedarse suspendido en el aire! Entonces su madre empezó a preocuparse. Si su hijo era muy inteligente, si estaba sano y bien alimentado, ¿por qué no volaba ya? Volar era casi instintivo...

Cuando comprobó que pasaban los días y el bueno de Atau no movía la cola y las alas ni por casualidad (lo único que no paraba de mover era el pico, para comer y parlotear), su madre decidió contratar al mejor profesor de vuelo que conocía: un pájaro avión. Pero ni por esas. Tras varias semanas de desastroso aprendizaje, don Vencejo, que así se llamaba el profe, le dijo a la mamá de Ataúlfo:

—Señora, su hijito puede volar perfectamente como demuestran las radiografías y pruebas varias que le he realizado. Su cerebro se encuentra también en perfectas condiciones para comprender y poner en práctica las instrucciones precisas de vuelo. Su instinto no está averiado ni perdido. Simplemente le ocurre que, además de parlanchín y lenguaraz en exceso, es bastante vago. Mientras que no vuele estará aquí tan tranquilito en el nido materno, recibiendo la comida sin ningún esfuerzo, jugando a la pájaro-consola y hablando sin parar. Está en juego mi credibilidad como magnífico profesor, señora, así que le propongo un método fulminante que nunca me ha fallado en casos como el de su hijuelo.
— ¿Y en qué consiste ese método tan milagroso?
—Le tiraré del nido cuando le pille distraído.

A mamá pájara casi le da un soponcio tras escuchar aquello pero luego recapacitó al pensar que don Vencejo tenía fama de que había conseguido que volasen todos sus alumnos. Y le dio el visto bueno.

Dos días más tarde, cuando Ataulfito estaba dándole a las teclas de su pájaro-consola, don Vencejo le empujó distraídamente y allá que el pajarillo se fue para aaaabaaaajooooo… Cuando sólo le faltaban un par de metros para llegar al suelo , nuestro querido protagonista comenzó a batir sus alas (era lo que esperaba su profe) y así se libró no sólo de un buen trompazo sino que sintió un placer y una alegría tan especial que estuvo volando durante tres horas seguidas mientras don Vencejo lo contemplaba admirado y a su mami se le caía la baba por el pico, embelesada por su hijito.  Por fin decidió regresar al nido. Aterrizó, cogió la pájaro-consola y dando un besito a su mami del alma, dijo:

—Goodbye, mamuchi. Me voy a recorrer mundo. Volveré en un par de semanas…

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Pasado ese tiempo, Ataúlfo regresó para visitar a su madre. ¡Era el pájaro más feliz, volador y parlanchín del mundo!  

martes, 16 de mayo de 2017

CUENTO GATUNO

EL GATO KATO
El gato Kato Todas las mañanas el gato Kato se levantaba temprano para cazar ratones. Pero el gato Kato nunca cogía ninguno, porque le daba mucha pena hacerles daño.

Al principio, los ratones huían del gato Kato. Pero cuando los ratones descubrieron que el gato no se los comía dejaron de huir, y empezaron a burlarse del pobre gato. El gato Kato no entendía las burlas, y se lo tomó como un juego. Juntos se divertían mucho, o al menos eso era lo que creía el gatito.

Corrió la voz de que en aquella casa había un gato que no se comía a los ratones, así que todos los roedores de los alrededores se fueron a vivir a la casa del gato Kato.

Pero a los dueños de la casa no les hizo mucha gracia que la casa se llenara de ratones, y amenazaron al gato Kato con echarlo de casa si no se deshacía de ellos.
- A partir de ahora no te daremos de comer -le dijo el dueño de la casa al gato Kato -. Si tienes hambre, caza ratones. Y si no te los comes buscaré otro gato y tú te irás de aquí.

Pero el gato Kato no quería irse, ni tampoco comerse a los ratones. Les había cogido cariño. Pero los días pasaban, y el gato Kato tenía mucha hambre. No tenía fuerzas ni para jugar con sus amigos ratones.

Ningún ratón se preocupó de lo que le pasaba al gato Kato. Sólo se reían y se burlaban de él mientras se comían el queso que le habían robado al dueño de la casa.

- Si seguís así me echarán y traerán a otro gato hambriento que os comerá - dijo el gato Kato a los ratones -. ¿Por qué no me dais algo de comer? Paso hambre por vuestra culpa.
- ¿Tienes hambre? -le preguntaban-.¡Pues caza ratones, que para eso eres un gato!

Estas y otras burlas eran las que tenía que aguantar el pobre gato Kato. Sólo unos cuantos ratones le llevaban a escondidas un poco de comida al gato Kato cuando nadie los veía.

Finalmente, el dueño de la casa echó al gato Kato y lo sustituyó por un gato enorme. Éste sí que era un gato fiero. En cuanto llegó se lanzó a por los roedores. Tuvo suerte el nuevo gato. Los ratones estaban tan gordos y tan acostumbrados a que el gato Kato no les hiciera nada, que fue muy fácil cazarlos.

El gato Kato 
Pero los ratones que habían ayudado al gato Kato, como habían compartido su comida con él, no estaban tan gordos y lograron huir. Cuando estaban fuera de la casa fueron en busca del gato Kato, que se había refugiado en la cabaña de una viejecita que vivía sola muy cerca de allí y que lo había acogido con mucho cariño.
- ¿Qué hacéis aquí? -les dijo el gato Kato a los ratoncitos -. ¿Os ha pasado algo?
- Tenías razón, gato Kato -dijo uno de los ratones -. Ha llegado otro gato y se ha comido a todos los demás.
- Nosotros hemos conseguido huir -dijo otro ratoncito-, pero ahora no tenemos dónde ir.
- Vosotros fuisteis buenos conmigo, así que os lo voy a agradecer -dijo el gato Kato-. Si me prometéis no molestar a la pobre anciana que me ha acogido, podéis quedaros conmigo. Eso incluye no estropear nada y no robarle la comida.
- Y entonces, ¿qué comeremos? -le preguntaron.
- Yo compartiré mi comida con vosotros, como bueno amigos -respondió el gato Kato.

Los ratones prometieron portarse bien y se quedaron a vivir con el gato Kato en casa de la anciana.

Y así fue como el gato Kato y los ratones vivieron felices compartiendo lo que tenían y respetándose los unos a los otros.